El reformismo que se viene practicando se basa en pequeños parches, a menudo sustentados en modas y creencias más que en evidencias. Esto debe terminar. Es necesario abrir un debate serio, fundamentado en conocimiento y evidencia científica.
Es habitual escuchar que hay que dar más voz al profesorado. Y estoy de acuerdo. Pero no solo a ellos. El debate debe ser necesariamente multidisciplinar. Deben participar docentes, pedagogos, psicólogos educativos, sociólogos, filósofos, antropólogos e incluso historiadores. Cada disciplina puede aportar una mirada imprescindible.
Solo desde ese enfoque amplio podremos construir un nuevo paradigma educativo capaz de responder a las necesidades reales de nuestro tiempo.
A veces da la sensación de que la educación va sin rumbo. Los docentes se sienten perdidos entre lo que se espera de ellos, lo que ellos creen que deben hacer y la realidad en la que se ven involucrados. No por casualidad es una de las profesiones con más incidencia de casos de depresión y ansiedad.
La educación ha perdido sus pilares fundamentales. Es una característica de los tiempos que vivimos. Pero es necesario entender que la liquidez de nuestra sociedad es un síntoma que debe corregirse. Si analizamos bien la situación, podemos concluir que no estamos ante una falta de rumbo, sino ante un rumbo enmascarado.
Es como una ola que nos arrastra hacia el abismo. Seamos claros: la educación siempre ha estado íntimamente relacionada con el sistema económico dominante. En la era de la industrialización, la educación se orientaba a crear trabajadores competentes, capaces de ocupar los puestos de trabajo de manera productiva. Se producían obreros competentes en las escuelas públicas dirigidas a las grandes masas.
Es verdad que había un triple sistema en España: la educación privada reservada a las élites económicas, la educación concertada para las clases medias y la educación pública para las grandes masas. Este sistema garantiza la estabilidad de las clases sociales y es cuestionable desde aspectos ideológicos. Pero, aun así, con todos los defectos en los que ahora no vamos a entrar porque se haría muy extenso, esa educación dirigida a las masas hacía posible la emancipación de la clase obrera, ya que le daba un papel productivo, garantizaba una integración social y ofrecía la posibilidad de convertirse en un ascensor social.
Pero el objetivo de la educación en la actualidad ha perdido esa esencia productiva. El objetivo ya no es formar trabajadores competentes. El objetivo ahora es formar consumidores. Y las diferencias sociales se han polarizado de manera extrema. Ya no hay tanta diferencia entre la clase trabajadora y la clase media, pero el abismo que separa a estas de las élites es enorme.
Para iniciar el debate, debemos parar un momento y pensar en algo fundamental: ¿cuál es el objetivo? ¿Qué sociedad queremos construir? ¿Una sociedad productiva o una sociedad consumista?
Una vez tengamos claro el objetivo, podremos empezar a pensar en cómo hacerlo. Pero lo primero es saber para qué lo queremos hacer.