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Blog elaborado por Olga Donaire

miércoles, 25 de marzo de 2026

Tiritas para la crisis educativa



 La educación en España padece una enfermedad muy grave que se pretende curar a base de tiritas.

El sistema educativo arrastra una serie de problemas estructurales que se han ido generando durante décadas y que no se pueden resolver con medidas parciales. Nuestro tiempo se caracteriza por una sociedad sin estructuras sólidas, marcada por el consumo, la inmediatez y la fragmentación. El sistema educativo que se desarrolla en este contexto, necesariamente, reproduce esas mismas características. Bauman describe con precisión este escenario en su análisis sobre la educación en un mundo líquido.

España es un ejemplo claro de esta enfermedad líquida. La fragmentación del sistema educativo es evidente en la deslocalización de competencias, que da lugar a diferentes realidades normativas entre Comunidades Autónomas. Esta fragmentación no solo afecta a la organización del sistema, sino también a su capacidad de respuesta: dificulta la construcción de un frente común y debilita el impacto de las reivindicaciones.

Las protestas del sector educativo en Cataluña son un buen ejemplo. Se trata de movilizaciones mayoritarias, pero aun así carecen de la visibilidad y la fuerza necesarias para generar cambios estructurales. En este contexto, las protestas no siempre se construyen desde una base sólida, sino que también se consumen.

Aquí aparece otro de los rasgos que señala Bauman (2013): la superficialidad de la información. Muchos manifestantes acceden a una realidad mediada por el titular, lo que genera una adhesión parcial y poco informada. Los sindicatos promueven reivindicaciones centradas en la mejora de las condiciones laborales, una demanda legítima; pero junto a ellas incluyen paquetes de medidas que no reciben la misma atención ni debate.

El problema es que apoyar una reivindicación visible implica, en muchos casos, aceptar un conjunto de propuestas menos conocidas, que difícilmente abordan la raíz del problema. Estas medidas funcionan más como tiritas que como soluciones a la herida estructural del sistema educativo.

Es necesaria la mejora de las condiciones laborales del personal educativo en Cataluña, eso es indiscutible. Pero no se puede permitir que, bajo ese marco, se desplace el debate de fondo. La magnitud del problema exige una reflexión más amplia, como la que planteábamos en el post anterior.

Bauman, Z. (2013). La educación en un mundo líquido. Barcelona: Paidós.

martes, 17 de marzo de 2026

Más reformas, peores resultados: el problema real de la educación en España


 El problema de la educación en España es un problema estructural. Se han ido implementando multitud de reformas educativas que, lejos de mejorar la situación, han generado nuevos problemas. Paradójicamente, muchas de las soluciones han acabado agravando aquello que pretendían corregir.

El reformismo que se viene practicando se basa en pequeños parches, a menudo sustentados en modas y creencias más que en evidencias. Esto debe terminar. Es necesario abrir un debate serio, fundamentado en conocimiento y evidencia científica.

Es habitual escuchar que hay que dar más voz al profesorado. Y estoy de acuerdo. Pero no solo a ellos. El debate debe ser necesariamente multidisciplinar. Deben participar docentes, pedagogos, psicólogos educativos, sociólogos, filósofos, antropólogos e incluso historiadores. Cada disciplina puede aportar una mirada imprescindible.

Solo desde ese enfoque amplio podremos construir un nuevo paradigma educativo capaz de responder a las necesidades reales de nuestro tiempo.

A veces da la sensación de que la educación va sin rumbo. Los docentes se sienten perdidos entre lo que se espera de ellos, lo que ellos creen que deben hacer y la realidad en la que se ven involucrados. No por casualidad es una de las profesiones con más incidencia de casos de depresión y ansiedad.

La educación ha perdido sus pilares fundamentales. Es una característica de los tiempos que vivimos. Pero es necesario entender que la liquidez de nuestra sociedad es un síntoma que debe corregirse. Si analizamos bien la situación, podemos concluir que no estamos ante una falta de rumbo, sino ante un rumbo enmascarado.

Es como una ola que nos arrastra hacia el abismo. Seamos claros: la educación siempre ha estado íntimamente relacionada con el sistema económico dominante. En la era de la industrialización, la educación se orientaba a crear trabajadores competentes, capaces de ocupar los puestos de trabajo de manera productiva. Se producían obreros competentes en las escuelas públicas dirigidas a las grandes masas.

Es verdad que había un triple sistema en España: la educación privada reservada a las élites económicas, la educación concertada para las clases medias y la educación pública para las grandes masas. Este sistema garantiza la estabilidad de las clases sociales y es cuestionable desde aspectos ideológicos. Pero, aun así, con todos los defectos en los que ahora no vamos a entrar porque se haría muy extenso, esa educación dirigida a las masas hacía posible la emancipación de la clase obrera, ya que le daba un papel productivo, garantizaba una integración social y ofrecía la posibilidad de convertirse en un ascensor social.

Pero el objetivo de la educación en la actualidad ha perdido esa esencia productiva. El objetivo ya no es formar trabajadores competentes. El objetivo ahora es formar consumidores. Y las diferencias sociales se han polarizado de manera extrema. Ya no hay tanta diferencia entre la clase trabajadora y la clase media, pero el abismo que separa a estas de las élites es enorme.


Para iniciar el debate, debemos parar un momento y pensar en algo fundamental: ¿cuál es el objetivo? ¿Qué sociedad queremos construir? ¿Una sociedad productiva o una sociedad consumista?

Una vez tengamos claro el objetivo, podremos empezar a pensar en cómo hacerlo. Pero lo primero es saber para qué lo queremos hacer.